El cálculo de la misericordia









Para el día de hoy (17/08/17):  

Evangelio según San Mateo 18, 21-19, 1




Diez mil talentos es una suma inimaginable, mayor aún que la suma total de la deuda externa de un país pobre. Para tener una idea: un jornalero, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, ganaba un salario de un denario por día de labor, y un talento es la moneda equivalente a seis mil denarios, es decir, un jornalero debía trabajar -sin gastar un céntimo- durante dieciséis años para poder ahorrar un sólo talento.
Por lo tanto, diez mil talentos son una enormidad: simbólicamente, refieren a todo aquello que es impagable, para lo que no hay matemáticas que cierren las cuentas.

Lo impagable de la deuda tiene que ver con el pecado y con la misericordia de Dios. Una lectura meramente lineal y literal solamente nos indicaría que nos encontramos frente a un Dios que es un patrón severo que extiende premios y castigos. Es por sobre todo un Padre que nos ama, una Madre que nos cuida, y todos, sin excepción -hasta los deudores más recalcitrantes- somos sus hijos amados.

Porque en verdad lo gravoso de nuestras miserias suele ser imperdonable si lo miramos con los ojos de nuestra justicia.

Pedro está en una sintonía similar. Aún así, las siete veces que propicia perdonar al hermano que constantemente lo hiere y lo ofende es de índole afable y generosa, máxime conociendo el carácter volátil del pescador galileo. Además, siete representa para la simbologia judía la totalidad, por lo cual el perdón que esboza Pedro tiene un larguísimo alcance.
En realidad, no es por allí que se desvía. Su error es aplicar criterios mundanos a las cosas del Reino. Su error es calcular las cosas de Dios, y de allí suponer que meritoriamente debe realizarse una aritmética específica del perdón.
Por eso la respuesta del Señor es tan concluyente: no siete veces, sino setenta veces siete, es decir, setenta veces siempre.

La aritmética de la Gracia es extraña y asombrosa. Nunca hemos de arribar a resultados exactos porque es gratamente desproporcionada y felizmente errónea, fallida en nuestros escasos parámetros. No surge de méritos o tasaciones de culpas varias, sino de la misericordia, esencia del amor de Dios por nosotros.
Y es menester vivir de acuerdo a ello, perdonar de acuerdo a lo que se nos perdona.

No se opone este perdón a nuestra justicia. La Misericordia está en otro plano distinto que apunta y conduce a la eternidad. La justicia humana refiere a la reciprocidad y a la equidad, pudiendo coincidir o discurrir por distintos senderos.

Hay que salir de pobres, más no de cosas o dineros.
Salir de la verdadera pobreza, la mala, la espúrea, la de no saber reconocer la Gracia de Dios en nuestras existencias, Gracia que puede germinar brotes de bien aún de la tierra más reseca y estéril.
Porque no reconocer el paso salvador de Dios por nuestras vidas, cada día, es la auténtica causa de toda des-gracia.

Paz y Bien

Espacios de reconciliación









Para el día de hoy (16/08/17) 

Evangelio según San Mateo 18, 15-20





Por la certeza de la presencia del Señor, a partir de la verdad comunitaria de dos o más reunidos en su Nombre, la Iglesia es espacio sagrado de Salvación. Y es Cristo el que convoca, el que re-une, el que edifica comunidad junto a hombres y mujeres que le sigan.

Quizás los mecanismos institucionales sean necesarios, y con ellos las tabulaciones y normas disciplinarias. Los problemas comienzan cuando estos procedimientos se ponen por delante o en desmedro de lo que verdaderamente cuenta, la fidelidad y la misericordia.

Los frutos mejores de ese ámbito sagrado, entonces, han de ser el perdón y la reconciliación, señales ciertas del cuidado recíproco, de la búsqueda del hermano, de la paciencia respirada.

El perdón sana y cierra heridas; y como toda cura, no es cosa sencilla, pues es multicausal y a su vez produce varios efectos. Especialmente el derribo de los muros de egoísmo y de orgullo, y el reencuentro de los alejados. Es cierto que no es fácil, pero mucho peor y terrible es el rencor.
El perdón no es solamente una cuestión de amores rituales, sino que tiene efectos concretos sobre la cotidianeidad, es decir, sobre la historia. Por eso, en tanto que surge de modo primordial del amor entrañable de Dios, el perdón es revolucionario.

Y la reconciliación es expresión del reencuentro, la venda de los corazones heridos, la posibilidad de un presente distinto y fructífero, y de un futuro en común con el hermano. Perdón no es desmemoria: perdón es la posibilidad de inaugurar una nueva historia, con todo y a pesar de todo y todos.

Quiera Dios que nos reconozcan y nos identifiquemos por las canastas asombrosas de perdón que seamos capaces de compartir.

Paz y Bien

Asunción de María, plenitud de humanidad









La Asunción de la Virgen María

Para el día de hoy (15/08/17):  
Evangelio según San Lucas 1, 39-56



Celebramos la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos, preanuncio y certeza de todas las plenitudes ofrecidas incondicionalmente a toda la humanidad. Celebramos que no somos solamente una idea, una entelequia, una mente escindida, sino que los cuerpos tienen destino de eternidad, que los cuerpos también son sagrados. Celebramos que tenemos un destino infinito de felicidad total, interminable. Celebramos que, a pesar de lo exigua que es esta vida terrena, no hay un fin porque hay más, siempre hay más.

Esa alegría interminable que se consuma en el más allá se comienza edificando en el más acá, día a dia, segundo a segundo.
Porque por la Resurrección de Cristo y con María de Nazareth tenemos la certeza incoercible de que la muerte es éxodo y nuevo comienzo, que no final. Aquí estamos de paso nomás, peregrinos en estos caminos tantas veces ensombrecidos.

En este peregrinar se nos suelen trabar los pies en el fango del dolor, del que provocamos y del que nos infringen. Retrocedemos por la carga de nuestras mezquindades, nos sometemos a los egoístas y temerosos designios de la comodidad.

Pero Ella no se amilana, ni baja los brazos.

La Asunta es María de Nazareth, esposa de José de Nazareth, Madre de Jesús, Madre de Dios, esposa, madre, hermana y discípula fiel. María es presencia que alumbra nuestras incertidumbres, espejo perfecto de Aquel que es la luz, señal cierta de que estos cuerpos a veces dan doblegados no son sólo un envase que se descarta, sino más bien templos vivos con promesa inquebrantable de eternidad.

Ella enciende nuestras esperanzas desde el milagro de la solidaridad y el servicio.
Ella es la testigo espléndida de todo lo que Dios quiere hacer por nosotros, pura bondad y ternura, la Gracia de todos los asombros.
Ella nos vuelve a decir sin cansancio que Dios está muy cerca, que siempre cumple sus promesas, que su sueño es la liberación para que todas sus hijas e hijos sean felices, que tiene prefiere abiertamente a los pobres, los pequeños y los humildes, un Dios que hace que la vida florezca, crezca y se expanda, un Dios que derriba a los poderosos de sus tronos.

Ella es pequeña, pequeñísima. Sin embargo, en su corazón fecundo por la Gracia caben todas las ansias, alegrías y dolores de todos los hijos, y aún hay más lugar.
 
Ella se puso en marcha hacia el Hijo que supo llevar en sus entrañas, Ella es certeza firme de reencuentro definitivo, Ella es fé y es abrazo, Ella es confianza y es vida siempre creciente, Ella le habla al Hijo del vino que nos anda faltando.
 
Porque donde está la Madre, está el Hijo, está la vida, está el motivo de nuestra alegría y nuestra esperanza

 
Paz y Bien

Tributos de paciencia











Para el día de hoy (14/08/17) 

Evangelio según San Mateo 17, 22-27





Jesús de Nazareth debía tener, indudablemente, miríadas de paciencia. Frente a un nuevo anuncio de la Pasión que afrontaría en libertad, fidelidad y obediencia, los discípulos se entristecen. Después de tanto andar con Él por caminos misioneros, aún se aferraban a esas imágenes viejas de un Mesías glorioso, de victoria impuesta, de poder detentado. Quizás su tristeza se deba, precisamente, a que todas sus ansias individuales se truncaban de antemano, y en menor medida a los sufrimientos que su amigo debía tolerar en breve; más ninguno de ellos atinaba a comprender que los caminos de Salvación, los senderos de Dios son bien diferentes de los nuestros, de los que solemos elegir.

Ellos, caminando por Galilea, llegan a Cafarnaúm: allí les sale al paso uno de los recaudadores de tributos del Templo, requiriendo el pago de estilo, la tasa usual. Ésta se había instaurado al regreso del exilio babilónico, de tal modo que todo varón judío había de pagar dos dracmas -una de las tantas monedas vigentes, de origen griego- para el sostenimiento del culto en el Templo de Jerusalem y de los sacerdotes. Ello aplicaba no sólo a los judíos de Tierra Santa sino también a los de la Diáspora, y en muchos casos era mirado con cierto rencor, pues muchos de los obligados a duros esfuerzos lograban apenas el sustento diario. Sin embargo, y a pesar de no ser un tributo provincial del Imperio Romano, nadie se atrevía a discutirlo ni a evadirlo pues significaba una rebeldía flagrante contra la institucionalidad de la fé de Israel.

Pero todo lo que enseñanza el Maestro parecía ir en una dirección contraria; es que en realidad, la santidad se desplaza, en el tiempo de la Gracia, desde una imponente construcción de piedra hacia una persona -templo vivo-, Jesús de Nazareth. En este vínculo nuevo no hay duras imposiciones, sino lazos filiales que hacen nuevas todas las cosas.
Jesús de Nazareth es, de tan obediente, libérrimo. Nada puede atarlo desde fuera, desde lo impuesto; antes bien, Él voluntariamente se rebaja y pone a disposición de los demás en la entera libertad del amor.

La exigencia del recaudador de impuestos abre una encrucijada: si el Maestro no paga, es un rebelde y un apóstata de las tradiciones de su pueblo. Pero si paga, contradice todas sus enseñanzas al modo de escribas y fariseos, hagan lo que yo digo pero no lo que yo hago.
Pedro es temeroso de cualquier ruptura, y se apresura a confirmar el pago.
Pero Jesús no es un provocador inútil ni un generador banal de escándalos, que habitualmente hacen bulla pero nada cambian. Y Pedro y los discípulos -todos nosotros- somos libres porque este Cristo nos ha liberado, porque ha pagado todo tributo vinculante con la eternidad al costo infinito de su misma vida, de su sangre ofrecida.

El pez con el dracma en la boca quizás sea un símbolo de humor velado, de no dar demasiada relevancia a lo que no lo tiene. Pero también, que sí es importante contribuir a uno de los bienes sociales más importantes, la paz, la concordia. Y a ese tesoro sólo se lo engrosa mediante aportes pacientes.

Como Pedro, pescador galileo y pescador de hombres, nosotros también hemos de hallar en nuestra cotidianeidad monedas de paciencia y libertad para el bien común, con la libertad de los hijos de Dios.

Paz y Bien

Seguir navegando










Domingo 19° durante el año

Para el día de hoy (013/08/17):  

Evangelio según San Mateo 14, 22-33




Mientras Jesús despide a la multitud que se ha saciado del pan milagrosamente multiplicado, los discípulos deben embarcarse e ir hacia la otra orilla, por expresas instrucciones del Maestro. El énfasis puesto por el Evangelista Mateo en esta acción nos indica la resistencia de los discípulos a hacer lo que Jesús quiere: es que en la otra orilla se encuentra el mundo pagano, lo extraño, lo ajeno, lo que nada tiene que ver con el nosotros, el enemigo.

Es un tabique que los encierra y que deben aprender a sortear: la Buena Noticia, el pan de vida, ha de compartirse con todos los pueblos y naciones, porque esa asombrosa revelación de que Dios es Abbá implica que todos, sin excepción, somos sus hijas e hijos amados.

Podemos imaginar algunos gestos de enojo contenido o de estupor por el mandato. Aún así, se embarcan y van hacia donde les ha mandado Cristo. Pero esa barca es pequeña y endeble, y los vientos del lugar la suelen zarandear a capricho y gusto. Ellos no avanzan ni se acercan al destino indicado por el Maestro: tienen un gran viento en contra que los hace retroceder, pero ese viento no silba entre las olas encrespadas sino que arrecia las honduras de sus corazones. Es su afan por lo viejo y perimido lo que los retiene, egos atrapados en dialécticas sin trascendencia y pietismo sin Dios.

Por eso, tal vez, el Señor salga a su encuentro. La barca es la Iglesia, y sólo llega a buen puerto cuando se embarca Él.
Camina sobre el mar encrespado de la desconfianza y los temores, sobre todos los miedos. Pero ellos están temerosos y lo suponen una aparición espectral. Cuando Cristo no se adecua a nuestros moldes comienzan los problemas, solemos venerar esos moldes y repudiar al Cristo real. Preferimos la fotografía a la persona, o peor, la caricatura.

Pedro quiere romper ese claustro agobiante, y en cierto modo desafía al Maestro. El tono lo dice todo, pero el Maestro no se niega. Sin embargo Pedro se percata al instante de la virulencia de las aguas, de la fuerza del oleaje antes que de la presencia santa de Dios en Cristo. Por ello desespera cuando el agua le llega al cuello, porque es el fin inminente no sólo de su existencia sino de toda una historia que debe ser pasado, y dejar paso a la Gracia de Dios.

Con todo y a pesar de todo, es preciso seguir navegando. Con la brújula de la fé, con Cristo al timón, esta frágil barca que somos seguirá firme y cumplirá alegremente y con tenacidad mansa su misión de Salvación.

Paz y Bien

Los imposibles se desdibujan








Para el día de hoy (12/08/17) 

Evangelio según San Mateo 17, 14-20




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, las enfermedades mentales y las patologías neurológicas, como en el caso del Evangelio para el día de hoy la epilepsia, eran consideradas como producto de la injerencia directa o de la acción de espíritus demoníacos. Por tanto, cada enfermo y sus familias necesariamente estaban condenados al sufrimiento propio de su enfermedad y al ostracismo y la condena social.
A ello debía añadirse una cuestión no menor: según los preceptos legales-religiosos que se encontraban vigentes por aquel entonces, toda enfermedad era consecuencia del pecado propio o de los padres, castigo divino adecuado por ignotas culpas. Por tanto, el enfermo devenía en impuro, es decir, en incapaz e inhábil de participar en la vida religiosa y comunitaria, impureza que se contagiaba y transmitía a aquellos que se estaban en contacto con el impuro primario.

Así entonces veremos en varias oportunidades al Maestro retirarse de las ciudades a la soledad: ello no es únicamente por una necesidad de silencio y oración, sino que sucedía a continuación de algún signo de sanación. A Él no le importaban las consecuencias que debía soportar por sanar a tantos, por rebelarse contra esas rígidas normas que desbordaban de inhumanidad y poco o nada tenían que ver con el Dios que Él bien conocía y revelaba, el Dios Abbá de nuestra Salvación.

Pero los milagros no son solamente intervenciones espectaculares de Dios en la historia mientras el hombre observa como un mero espectador pasivo. La Encarnación inaugura el kairós, tiempo santo de la Gracia, tiempo santo de Dios y el hombre, y los milagros acontecen cuando se conjuga el amor y la bondad de Dios con la fé del hombre.

El padre de ese niño, con seguridad, sufría por partida múltiple. Sufría como sufren los papás y las mamás que viven por y para sus hijos, y que no se quedan de brazos cruzados aún cuando todo le diga que no, que hay que aceptar y resignarse frente al dolor. Pero sufría también la portación de ese estigma que su hijo ni nadie debe portar ni merecer, estigma de impureza o de cualquier clase o categoría. Por eso frente a esos discípulos limitados y vacilantes que no pueden hacer nada por su niño, acude al mismo Cristo en busca de auxilio. Quizás sea un hombre sin formación, con muchos conceptos erróneos o deficientes; pero porta lo más importante, que es confiar, confiar en la persona de Jesús de Nazareth, porque sabe en su corazón que será escuchado, que Él todo lo puede, y más aún, nada pide para sí mismo, es un padre que ama y sufre y suplica por su hijo.

Y el enojo y la reprimenda del Maestro nos pueden sorprender por su fuego, por su apasionamiento. Llama a sus discípulos -y a muchos de los presentes- generación perversa e infiel, y estos términos no han de ser leídos en una perspectiva peyorativa social, sino espiritual: es una generación per-versa la que no es con-versa, la que no se atreve a creer, porque todo está allí, al alcance de cada corazón.
La comparación que les sugiere a los suyos no es, como una lectura ligera indicaría, entre la fé de los discípulos y Él mismo. Ellos deben dirigir sus miradas a ese hombre, a ese padre que cree y que merced a esa confianza obtendrá, a pura caridad, la salud/salvación de su hijo.

Los imposibles y los no se puede se desdibujan cuando nos atrevemos a creer y confiar.

Paz y Bien

Abnegación









Santa Clara de Asís

Para el día de hoy (11/08/17) 

Evangelio según San Mateo 16, 24-28






Refresquemos por un momento lo que sabemos acerca de la cruz: eran el patíbulo elegido por el imperio romano, especialmente, para ejecutar a los reos condenados a muerte por los delitos más abyectos, a los criminales marginales. El mismo horror producido y la exhibición obscena del ejecutado a la vez tenían por objeto una clara intención disuasoria y amenazante, de tal modo de taladrar mentes y corazones con el metamensaje de si haces lo mismo que éste, así terminarás.
Por otra parte, la Ley mosaica estipulaba que todo ajusticiado de esa manera o por la horca se debía a pretéritos o cercanos pecados, y a su vez el reo era un maldito, un impuro mayor, el sambenito cruel de los maldecidos por el nefasto silogismos del por algo será.

Muerte, marginalidad y maldición parece ser la consecuencia directa de la cruz, y puede desatarse un temporal de emociones encontradas en nuestras almas porque es Cristo quien nos dice que quien lo siga -el verdadero discípulo- ha de negarse a sí mismo, renunciar a cualquier apetito personal y ponerse al hombro esa cruz que es un horror y se asoma en las cumbres de la inhumanidad.
Sin embargo y con todo lo gravoso, con todo y a pesar de todo, el distingo fundamental, quien cambia la polaridad del espanto y cualquier otro rótulo es el amor y la fidelidad.

Esa abnegación es un bien evangélico que escasea, pero que otros tanto, en fructífero silencio, cultivan en las parcelas fértiles de sus corazones, para mayor gloria de Dios y bien de los hermanos.

Seguir a Cristo no es nada fácil ni simpático, máxime en los vaivenes cotidianos y en medio de las enfermas posturas sociales de nuestros días. Porque todo parece indicar que es una locura no apostar a la individualidad, al bienestar personal, al goce y a los disfrutes propios sin ningún tipo de incovenientes que se acepten consciente y voluntariamente.

Seguir a Cristo es atreverse a hacerse marginal y maldito, a renunciarse a cada momento, a no medrar con la existencia y el esfuerzo de los demás, y a ascender hacia otros niveles de humanidad -a crecer- sin utilizar las cabezas de los otros como escalones, sino más bien a ir con los demás, y desde la propia pequeñez a aliviar la carga de tantos que están doblegados por tantas cruces que se les impone.

Con la cruz al hombro y el hermano en el costado, luces fieles en nuestro mundo de tinieblas.

Paz y Bien

ir arriba