La caridad, medida cordial








Para el día de hoy (28/06/17) 

Evangelio según San Mateo 7, 15-20






En aquello que nos brinda el Evangelio para el día de hoy, hemos de proceder con cierto cuidado y esmero: la enseñanza del Maestro no está dirigida hacia cómo debemos juzgar a los demás -tal vez y específicamente a nuestros pastores- sino más bien el dotarnos de criterios de discernimiento para andar con pies ligeros y a paso firme en este peregrinar que es la existencia. Pues tropiezos, a causa de nuestras imperfecciones y nuestras miserias, sucederán. Pero no es cosa de andar a los tumbos, oscilando de un lado a otro sin ton ni son.

La psiquis puede jugarnos malas pasadas, y los sofismas y falacias están a la orden del día, cada vez más refinados y elaborados. En ese universo puramente discursivo, es fácil para todos caer en la trampa, pero con mayor riesgo y gravedad los más pequeños, los que se asoman a la existencia y los que recién han germinado a la fé.

Por eso mismo, el tomar las palabras como brújula puede conducirnos a las arenas movedizas de una fé pervertida y a una caricatura del Dios de Jesús de Nazareth. Pues esas palabras son flatus vocis, es decir, palabras vacías, voces de aire, más no Palabra de Vida.
Los auténticos pastores, los fieles a la Buena Noticia tienen un persistente olor a oveja, pues están al servicio de los suyos, y su estatura se determina por gestos y acciones de caridad. El Papa Francisco, cuando era nuestro obispo aquí en Buenos Aires, nos lo repetía sin cesar: pastores con olor a oveja...Más aún, los pastores que no portan ese aroma que es producto del servicio, de la abnegación, de seguro son lobos con disfraz.
Pues los lobos sólo buscan su propio provecho, carroñeros de almas.

Sea para nosotros también una mensura cordial. Porque la única medida de nuestra existencia, la anchura y capacidad de nuestros corazones está determinada por el amor que se practique, por la vida ofrecida para el bien del prójimo.

Paz y Bien

La puerta estrecha del nosotros










Para el día de hoy (27/06/17):
 
Evangelio según San Mateo 7, 6.12-14




Ante todo, es menester situarnos en la perspectiva histórica: Jesús habla a gentes que, en su cultura, consideraba despreciables a los perros y profundamente impuros a los cerdos. Dado que en la mayoría de nuestras culturas y sociedades está positivamente considerado el respeto y cuidado a los animales, desde esa perspectiva necesaria podemos ahondar en lo que se nos dice hoy, es decir, la advertencia de Jesús para tratar con sumo respeto a lo sagrado, a las cosas de Dios.

Aquí podemos estar tentados de circunscribir esta cuestión a un ámbito meramente litúrgico o cultual...¿porqué no pensar, con la mirada del Maestro, el respeto y cuidado de lo sagrado que encontramos en lo cotidiano, lo eterno que podemos descubrir en el día a día, Dios que se manifiesta en la vida y en los pequeños gestos?

Así también lo verdaderamente valioso se traduce en el devenir de la existencia, fundamentalmente en lo que nos define e identifica y es nuestra relación con el otro. 
Se trata de aquellos valores que superan, en la perspectiva del Reino, el mandato negativo del -no hagas...- por la ética en positivo de la reciprocidad, en donde el acento está puesto especialmente en el otro.

Se nos abre entonces la puerta a una vida nueva que, sin embargo, es estrecha: no es sencillo derrotar el egoísmo que cobijamos y el individualismo que prohijamos.

Amplios y abundantes son los modos y maneras de la muerte, de todo lo que se opone a la vida. 

Estrecha es la puerta de la generosidad y la solidaridad, de la compasión y la misericordia, de la vida que se hace plena en comunidad, en el conocimiento y reconocimiento de la identidad única del otro.
 
Y mucho más estrecha es la puerta de la Salvación, esa misma que es preciso atravesar para vivir plenos, asumiendo la cruz desde el amor y la esperanza, sabiendo que el dolor no es definitivo y que la muerte no tiene la última palabra

Paz y Bien

Reciprocidad










Para el día de hoy (26/06/17) 

Evangelio según San Mateo 7, 1-5




La liturgia de hoy nos ofrece la enseñanza de Jesús de Nazareth acerca del juicio hacia los demás, y a partir de allí, de nuestra relación con Dios. Sin embargo, cobra sentido pleno cuando se medita en el horizonte de la vida comunitaria, pues es allí en la comunidad en donde únicamente se puede vivir en plenitud la Buena Noticia.

Tiene que ver con la capacidad de tener una mirada transparentemente recíproca hacia el prójimo, reflejo de un corazón que descubre a su Dios en el rostro del hermano. Tiene que ver con desterrar la crueldad de los preconceptos, de conocerse y re-conocerse por esta única condición filial antes que por cualquier otro motivo. Significa vivir y dejar vivir, pero ante todo con-vivir.

En una comunidad en donde los hermanos tienen -a pesar de sus miserias y sus flaquezas- ansias de fidelidad y transparencia, los lazos se vuelven indestructibles, pues se vuelve rotundo el crisol del Espíritu Santo.

En una comunidad en donde cada uno es reconocido y reivindicado en su identidad primordial de hijo y, por ello, de hermano, todo se edifica sobre la roca sólida del Evangelio y la compasión, y cada gesto, cada palabra y cada acción es descubierta con la alegría de la mano salvadora de Dios antes que como castigo destinado o juicio pretérito.

Pues la solidaridad implica, ante todo, solidez, firmeza en el hermano, abnegación y servicio, vida que se expande en la reciprocidad, esa misma que define que el otro es el más importante pues allí está y resplandece Cristo.

Paz y Bien

Somos pequeños, frágiles, valiosos












Domingo 12° durante el año

Para el día de hoy (25/06/17):  

Evangelio según San Mateo 10, 26-33





Jesús de Nazareth puso gran parte de su empeño docente en preparar a sus amigos, pues tendrán que afrontar tiempos durísimos de persecuciones, de descréditos, de infamias y calumnias, todo a causa de su Nombre.
 
Sin duda, los discípulos algo intuían: en la medida en que se profundizaba y crecía el ministerio del Maestro, eran cada vez más virulentos los ataques que sufría por parte de escribas y fariseos, es decir, por parte de las autoridades religiosas, de la ortodoxia oficial, con la mirada cada vez más preocupada del pretor romano, siempre veloz a la hora de reprimir díscolos y subversivos.

Porque Jesús sabía bien que esos doce hombres que le acompañaban, y los discípulos de todos los tiempos serían pasibles de los mismos castigos, de similares persecuciones, de afanosos esfuerzos por socavar honras y de violencia cruel ilimitada. La fidelidad al sueño de Dios, el Reino, la entrega de la vida en favor de los hermanos, la proclamación veraz de la Buena Noticia acarrean esas graves consecuencias, porque el Evangelio que se vive y palpita es un manso y humilde desafío a los poderosos de todo tiempo y lugar.

Aún así, no hay que bajar los brazos ni resignarse. El temor es más que razonable, pero el miedo paraliza, congela, demuele confianzas.
 
Quizás el primer paso sea desertar de esa imagen judicial y espantosa de Dios que suelen imponernos y que asumimos sin más. El Dios de Jesús de Nazareth, nuestro Dios, es un Padre que nos ama y una Madre que nos cuida, tan valiosos que somos a sus ojos infinitos. Mucho más valiosos de lo que nosotros mismos nos consideramos y tenemos por tales a nuestros hermanos, la asombrosa bendición de ser amados hijas e hijos.

En un mundo tan inhóspito y tan violento, nuestra fragilidad se vuelve más evidente. No asumirla es mentirnos, internarnos en fangales nada veraces, presos de imágenes falsas.
Pero con todo y a pesar de todo, hay que perseverar en la fidelidad porque todo lo podemos en Aquél que se ha despojado de todo, de sí mismo, de su propio Hijo, para que todos vivan.

Paz y Bien

Evangelio, tiempo santo de mujeres y niños










Nacimiento de San Juan Bautista

Para el día de hoy (24/06/17) 

Evangelio según San Lucas 1, 57-66. 80





La escena que nos ofrece el Evangelio para el día de hoy a través de San Lucas es bellísima en su sencillez y profundidad, especialmente si utilizamos la consabida utilidad de situarnos nosotros mismos allí, en ese preciso momento, como espectadores patentes de lo que acontece.

Se trata de un poblado pequeño, Ain Karem, ubicado en las montañas. En esos lugares, lo sabemos, todos suelen conocerse entre sí, algo que con el agigantamiento cruel de nuestras ciudades hemos olvidado y perdido. En esos pueblos pequeños los vecinos son casi casi como los parientes -a veces más- y allí la vida y la muerte se comparte, alegrías y tristezas, esperanzas y frustraciones. Por eso el festejo manso de los presentes: Isabel, la que ya parecía destinada más a abuela  sin nietos que a madre primeriza, ha dado a luz a un niño. Esas gentes saben reconocer, sin que nadie se los diga, el paso bondadoso de Dios por las vidas ancianas de Zacarías e Isabel.

Un niño que nace es un libro nuevo a escribirse en su totalidad. Pura esperanza, todo expectación, en donde los más sabios no se afanan en proyectar sus causas quebradas, lo que ellos no tuvieron, sus derrotas que ansían convertir en victorias, sino que celebran la esperanza que trae una vida nueva que se les duerme entre sus brazos y manos de trabajo, una vida en donde todo es posible.
Aún así, esas gentes intuyen que en ese bebé hay algo más, algo especial, y se le encienden los sueños intentando saber cual será el horizonte maravilloso que tendrá el niño que además de ser un poco hijo de cada uno de ellos, es la vida que continúa, la vida que prevalece, con todo y a pesar de todo.

En esos afectos, en esa cercanía cordial, pretenden terciar en la decisión de nombrar al nuevo hombrecito. Las tradiciones pesan, pero más aún esos cariños que a menudo no se morigeran, y con obstinada ternura pretenden que el bebé lleve, según la costumbre, el nombre de su padre Zacarías.

Pero cada niño ha de tener alas propias, vuelo personal, volará por sí mismo y no tanto por los antecedentes de sus mayores. Es una vida nueva y, en este caso, una vida muy especial que requiere un nombre también especial, y por eso mismo el niño ha de llamarse Juan, que literalmente significa Dios concede una gracia, una bendición.
Todos los niños son una bendición para nuestros corazones envejecidos, pero ese niño en particular es señal de la fidelidad absoluta de Dios para con su pueblo.

Se trata de un tiempo nuevo y muy, muy extraño, imprevisiblemente maravilloso.
Los caudillos, los guerreros, los sacerdotes han de guardar silencio, pues la confianza -paso primordial de la fé- la han abandonado.
Es tiempo de mujeres y de niños, y ellos han de cambiar la historia misma de la humanidad. Las mujeres, por cobijar en las honduras de su corazón la fé en su Dios y la Palabra que descubren como Gracia y Misericordia.

Los niños, abriendo puertas y ventanas.
Uno, allanará las huellas y preparará desde su integridad los caminos.
El otro, bebé santo, traerá la vida definitiva que nada ni nadie podrá quitarnos, esta alegría perenne de Dios con nosotros, de sabernos hijas e hijos de Dios.

Paz y Bien

Corazón del Señor, alivio, paciencia y sabiduría









Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Para el día de hoy (23/06/17) 

Evangelio según San Mateo 11, 25-30




Cuando hablamos de corazón, lejos de los límites biológicos, nos remitimos simbólicamente a la esencia misma del ser, a la fuente primordial de cada persona, a aquello que define y decide su obrar y su existir.

En esta Solemnidad, nos detenemos del diario trajín para contemplar en silencio, con devoción y una mirada capaz de asombros al corazón sagrado de Jesús, a su intimidad primordial, a lo que lo constituye y que, por eso mismo, decide nuestra pertenencia, nuestra misión y nuestro destino.

Y desde el vamos el asombro comienza: en este corazón no hay visos de abstracciones ni de vanas declamaciones. Este corazón es inmenso, pues nos contiene a todos -buenos y malos, justos y pecadores- pero se inclina decididamente en favor de los pequeños, un corazón escandalosamente parcial, y esa parcialidad tiene sus raíces en el amor, esencia del Dios del universo.

Esos pequeños no son exactamente los niños, por quien Jesús tenía y tiene un especial cuidado y dedicación: los pequeños aquí refiere a los humildes, a los mansos, a los que por lo general no cuentan pero que sin ellos la vida no sería posible pues en su confianza, en su fé salan e iluminan estos páramos desolados. Los pequeños son los pobres, los marginados, los que nadie escucha pero tienen a Dios de su parte, y otro corazón inmenso, el de María de Nazareth, lo supo cantar con palabras imborrables.

En el Sagrado Corazón del Señor es el amor lo que prevalece y sobreabunda como pan bueno y santo, perdón y misericordia, redención y liberación, compasión y socorro.

Nada ni nadie le es ajeno, y en esa bondad se funda nuestra esperanza. Porque Cristo estuvo, está y estará junto a nosotros y en nosotros, con todo y a pesar de todo, celebración de todos los regresos, rescate de los extraviados, consuelo de los afligidos, serena alegría que permanece para siempre porque no hay cruz ni muerte que sean definitivas, tesoro escondido que se multiplica cuando, como Él, se ofrece la vida, la existencia toda en las manos, corazones transparentes a pura Gracia de Dios.

Paz y Bien

Por la causa de Dios y del prójimo










Para el día de hoy (22/06/17) 

Evangelio según San Mateo 6, 7-15





Por Cristo, sabemos que la vida cristiana en plenitud se fundamenta en el devenir cotidiano a partir de dos pilares, dos aspectos o ramas de un único tronco frutal, la Gracia de Dios.

Esos dos fundamentos son el amor y la oración.

El amor que se explicita en la abnegación, en el servicio incondicional al prójimo.

La oración, que antes de dicción tenaz y exacta de fórmulas, es escucha cordial del susurro primordial de un Dios que jamás deja de buscarnos, de ese Espíritu que nos hace decir Abbá!.

La cruz de Cristo ya no es señal de muerte y horror, sino signo cierto del amor mayor, de la vida ofrecida para que todos vivan. Y también es un profundo símbolo en su constitución misma: a una cruz la constituyen dos maderos cruzados, uno elevado hacia el cielo, el otro que se expande horizontalmente hacia los lados, así la Buena Noticia también se constituye -indisolublemente- de ese vínculo hacia el Dios del universo y hacia los hermanos.

Por ello mismo, por la oración en la que nos identificamos y que es la oración misma de Cristo, la plegaria es por la causa de Dios y por la causa de los hermanos, sarmientos frutales de la misma savia.

Essa savia nutricia es el amor de Dios, que se revela y nos rebela de toda rutina y acomodamiento cuando descubrimos a Dios como Padre, y nos sabemos hijas e hijos amadísimos que no buscan demasiadas palabras, sino que se aferran a la Palabra.

Paz y Bien

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