Oración y poder








Para el día de hoy (20/02/17):  

Evangelio según San Marcos 9, 14-29



Demasiados demonios andan dando vueltas. Se ceban con terrible ensañamiento en los niños, en los pobres, en los indefensos. Pero suele afincarse como un tumor maligno en los corazones, y de allí parten las señales evidentes de dolor, de odio, de desprecio, de violencia, de injusticia.

Hay que estar atentos, pues el amor en retroceso, la proliferación de la corrupción y la mentira, la justificación de los medios para los fines, el Evangelio cuando deviene abstracto -restringido al culto dominical-, el razonamiento y la justificación de las miserias, la violencia bajo cualesquiera de sus modos, la imposición de la resignación, de la cruz por el dolor mismo, todas señales del Maligno que parece campear la tierra, estos arrabales a veces tan tenebrosos.

Cuando ello nos abruma, cuando el mal parezca tener la última palabra, resuena la voz de Cristo: todo es posible para el que cree.
Sin embargo, la fé cristiana es poder, poder infinito más no a la usanza del mundo. Es el poder eterno del amor, del servicio, de la generosidad, de afirmar en cada gesto, en cada acción, en cada palabra y en cada silencio la Gracia de Dios que nos ha llegado por Cristo, nuestro hermano y Señor.

Desde la oración todo es posible y se expulsan todos los demonios que hacen tanto daño. Orar es ubicarse en la misma sintonía amorosa de Dios, crecerse en humildad, afirmarse en la fé, revestirse de esperanza aunque todo diga que nó, que no se puede, que es cosa de nuncas y jamases.

El Señor ha resucitado, el Señor vá con nosotros.

Paz y Bien

La perfección de los hijos









7° Domingo durante el año 

Para el día de hoy (19/02/17):  

Evangelio según San Mateo 5, 38-48



Las lecturas lineales o superficiales no son veraces ni tampoco justas, y originan todos los fundamentalismos, nocivos y contrarios al Evangelio. Así entonces, la llamada Ley de Talión no debe despreciarse o minusvalorarse.

En tiempos antiguos, la Ley de Talión -o lex talionis- implicó un salto cualitativo gigantesco en el ordenamiento jurídico de la nación, pues es esfuerzo y razonamiento para superar los fuegos de la venganza y establecer principios de justicia retributiva, especialmente en el ámbito penal. Socialmente también expresaba un compromiso con la equidad, abandonando caprichosas arbitrariedades.
Aún hoy, traspolada en parámetros culturales actuales supondría un principio moderador de cualquier abuso, relegando la violencia como último recurso y asignando responsabilidades.

Si bien la Ley de Talión es un criterio surgido en numerosos pueblos, adquirió un significado especial para Israel desde su casuística religiosa, en la que predominaba -en tiempos de Jesús de Nazareth- la corriente farisea, según los principios de proximidad/projimidad; es decir, la Ley aplica a mi prójimo, la justicia para los míos y no para los otros, los extraños, los enemigos.

Pero la enseñanza del Maestro irrumpe en la historia y derriba ciertos parámetros mundanos en apariencia inamovibles. No hay desprecio de la Ley ni impulso a la desobediencia. Por el contrario, convoca a llevar a una dimensión trascendente las relaciones humanas, un plano de justicia que se establece desde el escándalo y el asombro de la misericordia y el perdón.

Grave error sería pensar una bucólica imagen de pasividades sin destino, de pacifismos paralizantes. Antes bien, es la dinámica del amor que desdibuja todas las fronteras que solemos crear para separar y dividir y acerca a las personas desde otra perspectiva, la mirada bondadosa de un Dios que llueve su providencia sobre todos por igual.

Es dificilísimo el perdón a los enemigos, pero la venganza impone cavar dos tumbas. El amor a los enemigos expresa la bondad infinita de un Dios que se llega a nuestros arrabales, Dios Padre que se hace hermano en nuestras miserias y que nos señala en Cristo el único camino de la perfección, el ascenso a través del amor, con todo y a pesar de todo.

Paz y Bien


Escucha atenta








Para el día de hoy (18/02/17):  

Evangelio según San Marcos 9, 2-13




La montaña es, simbólicamente, el ámbito propicio para las grandes revelaciones y las teofanías, el encuentro profundo con Dios, y es precisamente en un marco así que nos encontramos a Jesús de Nazareth y sus amigos Pedro, Juan y Santiago.

Él les había revelado su vocación e identidad mesiánicas, aunque ellos no llegan a captarlo en toda su dimensión: la ruptura con las autoridades religiosas era total, y Él, aún sabiendo lo que le espera en Jerusalem, se dirige con decisión encendido de fidelidad y amor al Padre .

El lo alto de los montes acontecen las cosas de Dios.
En lo alto de ese monte el Maestro se transfigura y sus vestidos se vuelven tan blancos y resplandecientes que noy hay manera en el mundo de lograr ello, tal como su Reino no es de este mundo, tal como esas vestiduras son signo inequívoco de la presencia divina.

Moisés y Elías aparecen conversando con Cristo. Hay allí una respetuosa subordinación, y es la Ley y los Profetas que encuentran su real significado en Él.
Pero también Dios salva a su pueblo de la esclavitud en Egipto por medio de Moisés y a Elías de las garras de la muerte.
Cristo es vida y liberación para su pueblo aún cuando la sombra ominosa de la cruz se asome en el horizonte.

Frente a una experiencia tan profunda, es mejor callar, vivir el momento, nutrirse de esa bendición.

La clave de todo destino es la escucha atenta al Hijo de Dios, Hijo amado de Dios por el cual todos nos descubrimos queridísimos hijos de Dios, hermanos a pura gracia, herederos de vida y libertad.

Una escucha atenta que es madurar corazón adentro su Palabra y su vida, para volver a la llanura en donde los hermanos padecen oscuridad y dolor, con Buenas Noticias de amor, de liberación, de todo es posible, para mayor Gloria y alabanza de Dios.

Paz y Bien

Cruz y seguimiento














Para el día de hoy (17/02/17):  

Evangelio según San Marcos 8, 34- 9, 1



En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, la cruz era símbolo de espanto: método por excelencia elegido como pena capital por la potencia imperial romana, se reservaba especialmente para los delitos más graves y para los reos más marginales y abyectos. Además, en la tradición judía, cruz significaba una maldición irrecuperable.
Al crucificado se lo hacía agonizar entre terribles dolores y luego de su fallecimiento se le dejaba bien a la vista, en macabra exhibición que buscaba desalentar cualquier actitud sediciosa, un castigo ejemplificador para los demás.

No es poca cosa. Contrariamente a cualquier lógica y razonabilidad, el Maestro señala que los verdaderos discípulos, aquellos que lo sigan, han de cargar su cruz.
No podemos perder de vista que es Cristo quien encabeza la procesión, al contrario de tantos que impulsan el ¡coraje, vayan!. Pero más aún, seguir a Cristo en toda su dimensión y plenitud implica estar dispuesto con la totalidad de la existencia a ser un marginal, considerado un criminal abyecto y un maldito.

En el Reino las cosas, decididamente, son al revés de la lógica mundana.

La vida se gana cuando se la entrega generosamente y sin condiciones, cuando se hace ofrenda, cuando se muere para que otros vivan.
Lejos de cualquier apología del dolor, es la decisión perpetua de humilde oblación que se multiplica como salvación infinita y asombrosa, tal como Cristo multiplica panes y peces para las ovejas sin pastor.

Paz y Bien

Razones de cruz









Para el día de hoy (16/02/17):  

Evangelio según San Marcos 8, 27-33



Detengámonos un momento y observemos: lo que sucederá a continuación está signado por el Cristo que camina con los discípulos, certeza que la fé es camino que se hace junto al Maestro, que también es camino, verdad y vida. Pero también nos ubica en las inmediaciones de Cesarea de Filipo.
Filipo era hijo del rey Herodes y hermano de Herodes Antipas, tetrarca de la zona en donde ellos se encontraban; Cesarea era una ciudad que se había edificado en honor de César Augusto sobre una antigua ciudad dedicada al dios Pan griego. Inclusive poseía un templo en el que se rendía culto al César como a un dios. Edificada por Herodes padre, había sido ampliada y embellecida por Filipo, y de allí el nombre que la distingue de otra homónima situada a las orillas del Mediterráneo.

Justamente, en ese ámbito en donde antes se rendía culto a las fuerzas de la naturaleza -el dios Pan- y ahora se postran frente al emperador como si fuera un dios, allí mismo el Maestro pregunta a los suyos qué piensan y dicen las gentes acerca de Él. Más aún, que es en verdad lo que ellos piensan y creen de Su persona.

Ellos expresan los diversos criterios que surgían en ese tiempo, es decir, que Jesús de Nazareth es el Bautista redivivo, Elías u otro de los profetas. Sin embargo lo importante es lo que piensan ellos, nosotros, todos.
Pedro toma la palabra en la primacía cordial de sus hermanos, y confiesa con una contundencia estremecedora que Jesús de Nazareth es el Mesías.

Aún así, como en la lectura que contemplábamos ayer, Pedro y los otros no tienen clara la mirada y su fé es incipiente. Ellos ven las cosas a medias, hombres como árboles que caminan, y no pueden tolerar a un Cristo que imaginaban glorioso, revestido de poder, a éste que se les anuncia servidor manso, que se encamina decidido pero no resignado a su encuentro con la cruz.

Pedro se enoja y reprende, pues no entiende las razones de cruz, y éstas razones son el puro amor de Dios en Cristo, un Dios que sale por completo de sí mismo y se ofrece sin medida a los demás, un Cristo que se entrega como prenda de salvación y cordero pascual para que no haya más chivos expiatorios ni crucificados, un Dios todopoderoso porque ama, un Cristo que salva porque es capaz de morir por ellos, por tí, por mí.

El ministerio de salvación de Cristo sólo puede comprenderse en su plenitud a la luz de la cruz.

Paz y Bien

Hombres como árboles








Para el día de hoy (15/02/17):  

Evangelio según San Marcos 8, 22-26



Lo instantáneo se propaga como panacea de los tiempos actuales, un cariz casi mágico en la solución de los problemas. Quizás se deba a la agresión permanente de la publicidad, o tal vez a la incapacidad de la paciencia. Sin embargo, hemos de descreer de los cambios automáticos.

Los cambios verdaderos, profundos, acontecen luego de un proceso, de un tiempo paciente y propicio, con un crecimiento y desarrollo propio que a menudo no puede replicarse. Los cambios exteriores no son cambios, sólo maquillaje, caricaturas de una conversión que se declama y no se practica.

Este hombre estaba ciego. Incapacitado de ver, expresa la ceguera de un Israel que en su gran mayoría no puede reconocer en Cristo al Mesías, y para los que la Ley se ha vuelto una mórbida imposición sin sanación ni plenitud.
El Maestro lo lleva fuera del aldea, ajeno al ámbito en donde prevalece una religiosidad del trueque piadoso y por ende, en donde no hay espacios para la Gracia. Pero también porque la Salvación es enteramente personal y radicalmente profunda, no un show, un expectáculo de taumaturgia dedicado a ganar adeptos.

La saliva y la imposición de manos son símbolos del poder del Espíritu que actúa en Cristo. Aún así, el hombre no está del todo curado. Comienza a ver, pero apenas distingue a los hombres como árboles que caminan, como si su ceguera le impidiera reconocer al prójimo en otra persona, en su real dimensión humana, la cosificación y despersonalización, la ruptura de la comprensión por el pecado. 
La imposibilidad de reconocer a las gentes como personas es también un alma que se cierra al encuentro de Dios.

La sanación ha implicado un plazo, un proceso, un germinar de vida nueva, restituída por la Gracia. El hombre recupera la vista plena, la mirada amplia para con sus hermanos y su Creador.
Pero debe callar, y no regresar a la ciduad, a lo viejo, a la vida anterior de oscuridades. Ya habrá un momento santo y fértil para comunicar la Buena Noticia del paso salvador del Redentor por su existencia.

Que Dios nos clarifique nuestras miradas.

Paz y Bien

Levadura farisea, levadura de Herodes













Para el día de hoy (14/02/17):  

Evangelio según San Marcos 8, 13-21




La escena parece contradecirse en sí misma, pues el Evangelista sostiene que los discípulos, habiéndose embarcado, olvidaron llevar pan y no tenían más que un pan en la barca. 
En realidad, en afanes menores y distracciones banales dejaron de lado y perdieron la mirada en su verdadero centro, Cristo, el Pan de vida. 

Aún en mares encrespados, aún cuando imperen confusiones y falta de identidad, el Maestro no baja los brazos y enseña las cosas del Reino, un Reino que no puede cernirse nunca a los vaivenes del mundo.

Los discípulos han de cuidarse de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes. 
En la tradición ancestral judía, el pan perfecto ha de ser matzah, es decir, pan ázimo, sin levadura, toda vez que se entiende que la levadura y su acción de fermento es un proceso de corrupción interna de la masa.
Así entonces y ante todo, ambas levaduras -la farisea y la herodiana- indican corrupción de los corazones y señalan las respectivas esperanzas mesiánicas.

La levadura farisea es la que impone una religiosidad aferrada a las formas exteriores pero que olvida lo que subyace, lo que importa y cuenta. De allí que supone que la acumulación de gestos piadosos normados acarrea indefectiblemente la bendición divina, una fé para unos pocos puros que deja a tantos fuera, abandonados a su suerte, ovejas sin pastor. Levadura de una masa que no alimenta pues no hay espacios para la Gracia.

La levadura herodiana es la levadura del poder, de la política sin ética, del todo vale, del fin que justifica los medios, pero es también la teología de la prosperidad y la importancia del más acá. Los ricos son ricos porque Dios asi lo quiso, los pobres también.

Ellos deben volver sus corazones, mirar y ver lo que Él ha hecho: cuando multiplicó los panes en tierras judías, todos se saciaron y quedaron doce canastas llenas de pan. Cuando multiplicó los panes en tierras gentiles, también todos se saciaron y quedaron siete cestos repletos de pan.
La Salvación es don del amor de Dios que se ofrece a los hijos de Israel y a todos los pueblos, y las canastas y los cestos llenos es el pan de la vida, Cristo mismo que aguarda la llegada de los hambrientos de todos los tiempos.

Paz y Bien

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