El amor y la misericordia de Dios no tienen límites












Para el día de hoy (21/02/18):  
 
Evangelio según San Lucas 11, 29-32






La raíz de la crítica de Jesús a su generación -y a todas las generaciones similares- es la búsqueda de hechos prodigiosos, mágicos, signos en modo espectacular que, de algún modo, legitimen el obrar de Cristo. Pero en realidad, el requerir una señal de esas características en el fondo oculta las ganas de no querer creer, y de pasar por alto el testimonio solar y luminoso de toda la existencia y enseñanza de Jesús de Nazareth, signo absoluto del amor de Dios. Porque todo se oculta a la mirada mezquina de la razón subjetiva, pero resplandece a los ojos de la fé.

Así el Maestro afirma que a esa generación no se le brindará otra señal que la de Jonás. Detengámonos por un momento en esa historia.

Jonás era un profeta elegido por Dios para predicar la conversión a los habitantes de Nínive, capital del imperio asirio, quienes eran feroces enemigos de Israel. En la memoria colectiva judía, perduraban las derrotas y las humillaciones conferidas por los ejércitos y los reyes asirios, y si a eso le añadimos las tradiciones religiosas, cualquier varón que se reconozca como hijo fiel de Israel no sólo evitará todo contacto con ese pueblo extranjero y pagano, de dioses extraños, sino que a su vez deseará -razonablemente- la destrucción de ese enemigo que está muy cerca de sus fronteras, en ansias de prodigar cierta tranquilidad política y geográfica. También, la desaparición de un enemigo fuerte aumenta las posibilidades de Israel de erigirse como potencia sin competencia.

Sin embargo, Jonás es enviado a los ninivitas a predicar el arrepentimiento y la conversión bajo apercibimiento de una destrucción cercana.
Una lectura lineal nos conduce a imaginar a un Dios que elimina con un simple gesto a los enemigos de su pueblo, sembrador de venganza, de muerte y destrucción. Sin embargo, se trata de algo mucho más profundo, y es que la elección de una vida en pecado -es decir, en deterioro progresivo por el mal vivido- conduce necesariamente al abismo. Somos nosotros los que nos aniquilamos en nuestras miserias.

Jonás es reticente y renuente a ir hacia la capital enemiga, más los motivos no son los que imaginamos. Él sabe bien que el Dios de Israel es rico en misericordia, clemente y compasivo, lento para la cólera, y lo que en realidad está ofreciendo a los ninivitas es una mano amiga de Salvación. En su prejuicio, huye hacia Tarsis. Prefiere escapar de la misión que Dios le ha confiado a ser artífice de que la misericordia llegue a esos extranjeros que odia y desprecia. Prefiere la destrucción de los asirios, sin darse cuenta que así socava sus mismos días, y su vida es la que queda malherida, en grave riesgo.
La amenaza de un naufragio lo arroja a las aguas encrespadas del mar, y pasa días en el vientre de una ballena, sepulcro viviente para su espanto y su reflexión. Esa muerte lo devuelve luego de tres días -signo de la Resurrección de Jesús- y su rostro marcado por la terrible experiencia de la muerte cercana y de esa bondad de Dios que lo confunde, lo vuelven indubitablemente creíble y fiable, con la entereza que solemos encontrar en la integridad de tantos hombres y mujeres. Esa entereza convence a los ninivitas, que se convierten a la misericordia de Dios desde el mismo rey al último de los súbditos, incluido el ganado.

Jonás es una señal inequívoca y asombrosa para los judíos de su tiempo: el amor y la misericordia de Dios no tienen límites. Las restricciones las imaginamos e imponemos, y por eso mismo Jonás también es una señal para todos nosotros, que solemos apropiarnos de manera monopólica de las bondades divinas.

Pero este Dios llueve su bondad y su perdón a todas las naciones, y se desvive para que las gentes emprendan el camino del regreso a la humanidad plena, y esto lo sabemos por la revelación de Jesús de Nazareth, que sin lugar a dudas, es algo más, mucho más que el bueno de Jonás.

Paz y Bien

Padre Nuestro, la causa de Dios es la causa del hermano











Para el día de hoy (20/02/18) 

Evangelio según San Mateo 6, 7-15






Durante el surgimiento de las primeras comunidades cristianas, la Iglesia primitiva solamente enseñaba la oración de Jesús de Nazareth a las mujeres y los hombres de fé madura y probada. Sólo rezaban el Padre Nuestro aquellos en los que la fé hubiera echado raíces firmes y brindado frutos buenos.
Lejos de cualquier arcano esotérico o iniciático, el Padre Nuestro era el distingo de la comunidad de los creyentes, de la comunidad misionera dispuesta al testimonio perenne, incluso si ello desembocaba en los horrores del martirio.

Descenso y ascenso.
Un Dios que se inclina hacia la humanidad, un Dios graciosamente miope que sólo puede distinguir hijas e hijos, un Dios que no se encierra en la lejanía, un Dios cercano, un Dios que se comunica, se hace Palabra, Verbo encarnado de nuestra salvación.
Y suben hacia su amorosa eternidad como ofrenda la respuesta de los hijos. Porque orar es adentrarse en el misterio infinito de Dios, a pura bondad suya, sin condiciones.

La causa de ese Dios es indisolublemente la causa de los hermanos, ambos brazos de la santa cruz.

El Maestro nos revela el misterio mayor, que Dios es tan cercano y dador de vida como un Padre, y más aún, como Abbá, Papá nuestro, por el que todos recibimos como rocío bendito el bautismo filial de ser sus hijos, y por ello hermanos entre nosotros, hermanos que suplicamos por un Reino que es puerto y destino de nuestro peregrinar, hambre feliz de nuestras almas, un Reino que acontece aquí y ahora y que es la plenitud para toda la creación. Porque la voluntad de Dios es la vida que prevalece, que no se acota al tiempo ni a la muerte, cielos abiertos iluminando estos arrabales a veces tan agostados.

Pan de la Vida es el cuerpo de Cristo ofrecido, pan del sustento en la mesa de los pobres es nuestra confianza en una justicia que es preciso edificar.

Perdón que descubrimos redentor, que libera prisiones autoimpuestas que nos alejan de Dios y del otro, perdón que cura, que sana, que salva, que vuelve a conciliar los corazones opuestos por todos los odios.

Y que la tentación del olvido se aleje de nosotros, la desmemoria de esa identidad única de las hijas y los hijos que quieren desertar de todo mal, para celebrar el ágape maravilloso de la vida compartida por Dios y en Dios.

Paz y Bien

Amor y justicia, el juicio de las naciones












Para el día de hoy (19/02/18):  
 
Evangelio según San Mateo 25, 31-46








En los tiempos postreros y definitivos, cuando acontezca la justicia definitiva, lo que decidirá todos los destinos no es tanto la pertenencia religiosa, la exactitud ritual, la puntillosidad en el cumplimiento preceptual o los amores declamados, sino el amor proclamado y ejercido hacia los pequeños, los desamparados, los indefensos.

Esta cuestión deja perplejos a los discípulos y a nosotros también, ovejas y cabritos, a la derecha o a la izquierda, mujeres y hombres de toda religión, cultura y nación que no tienen demasiada conciencia del Evangelio y de Cristo. Porque el Dios de Jesús de Nazareth no sólo se pone del lado de los más pequeños, de los que no cuentan, de los derribados por la pobreza: este Dios está en ellos, y la realeza y el reinado mesiánico en ellos se manifiesta.

No se trata de una opción ideológica, un teísmo, una interpretación más dentro de las diversas corrientes eclesiales y exegéticas. Históricamente, por varias razones y no pocos pecados, hemos estructurado instituciones organizadas de fé compartida, las religiones que practicamos y a las que pertenecemos.
Pero Jesús viene a plantear algo más profundo y universal, que no se limita a la fracción creyente del universo.

Asombrosamente, parece que la religión que la que Él impulsa tiene que ver con ese amor concreto y cabal, ejercido a pura bondad con los hambrientos, con los sedientos, con los forasteros, con los que no tienen ropas, con los presos y cautivos, con los que sufren y los enfermos.
El amor como religión, el amor como culto verdadero, el amor como única dimensión para mensurar la estatura humana.

Todo lo demás -culto, preceptos, estudios, pertenencias- es importante, sin lugar a dudas. Pero hemos de buscar primero el Reino y luego todo vendrá por añadidura.
Quiera Dios que nuestra única credencial válida y vigente sea la de la solidaridad y el socorro, frutos primeros y mejores de la Buena Noticia, cimientos de la alegría, fundamentos de la paz y la justicia.

Paz y Bien

Cristo, el nuevo Adán de la nueva creación














Domingo Primero de Cuaresma

Para el día de hoy (18/02/18) 

Evangelio según San Marcos 1, 12-15







El Espíritu lleva a Jesús de Nazareth al desierto. Es la plenitud de Dios que siempre empujará todos y cada uno de los instantes de su ministerio y de toda su existencia, y el Maestro es dócil, se deja conducir pues por nada se distrae, nada lo hace perder su centro que es su Padre.

El desierto es el ámbito en donde lo seguro, las comodidades y las certezas sin fundamento se desvanecen. Uno se queda allí inerme, a corazón abierto, al descubierto la propia fragilidad, y esa fragilidad es también crisol en donde se nos purifica lo que perece y lo que en verdad nos hace morir.
En un extraño movimiento interior, uno se halla enfrentado a sí mismo, y es el momento propicio para encontrarse frente a Dios.

Cuarenta días de desierto nos hacen eco de los cuarenta años de peregrinar hacia la tierra prometida, de los cuarenta días de diluvio. El desierto de Cristo se asoma así como tiempo de purificación y camino de liberación a la promesa inmensa de la vida eterna, la amorosa ratificación definitiva de la Pasión y la Resurrección.

Un detalle pequeño puede pasarse por alto, pero es crucial: Jesús convive en el desierto entre las fieras. Lo que habitualmente sería otra amenaza a la propia subsistencia, es símbolo del paraíso primigenio, de la armonía de la creación, las bestias aliadas a la humanidad sin violencias.
Cristo es el nuevo Adán en una nueva creación germinal, que no acontece en un vergel sino en las lisuras áridas del desierto, pues todo se edificará nuevamente desde las raíces y de manera definitiva.

El Evangelista Marcos no tiene un estilo literario en el que sobreabunden datos. Por ello no detalla las tentaciones, y es una motivación teológica -espiritual-: lo que cuenta es ese Cristo sometido a los deslizamientos propios de la condición humana, tan limitada. Y más aún, la asunción del Maestro de nuestras fracturas es también certeza de victoria, de superación de todos los abismos en que solemos caer.
Los ángeles que le sirven es la presencia perpetua de Dios en su vida y en la nuestra. La mano está siempre tendida para no desbarrancar, para no caernos.

El primer Adán abdicó a las tentaciones. El nuevo Adán es el hombre definitivo en su plenitud y eternidad.

Así entonces, purificados y asumidos en nuestra condición de pequeños hijos, allí sí acontece un nuevo impulso y comienzo de la Buena Noticia, la vida de la Gracia, converger hacia Dios y hacia el hermano.

Paz y Bien

Mesa de Cristo, mesa de todos sin excepciones
















Para el día de hoy (17/02/18):  
 
Evangelio según San Lucas 5, 27-32






Compartir la mesa, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, no era un acontecimiento menor, pues tenía una gran relevancia familiar, comunitaria, social y religiosa. Las familias se sentaban a comer juntas y se acrecentaban los lazos familiares, los amigos compartían vida y amistad, y religiosamente -en especial, los rígidos fariseos- se sentaban con quienes ellos consideraban puros, iguales en la estricta obervancia de la Ley mosaica. Jamás compartirían mesa y pan con impuros, con pecadores evidentes.

En esa categoría estaban ubicados los publicanos. Recaudadores de impuestos -judíos ellos- que cobraban tributos para el opresor imperial romano, y que se valían de su posición para expoliar de manera corrupta a sus paisanos, toda vez que mediante prácticas extorsivas cobraban de más, y amasaban pingües fortunas. Por ello, por ser traidores de Israel, por contaminarse con extranjeros y por sus abusos cotidianos -especialmente con los más pobres- estaban sindicados en el mismo nicho moral en el que se ubicaba a las prostitutas. Como pecadores públicos, nadie en su sano juicio se acercaría a ellos; más bien, por repulsión y por temor todos rehuirían de su compañía, ante lo cual sólo tendrían esporádica socialización con sus pares.

Así entonces el llamado decidido y sin vacilaciones que el Maestro le hace a Leví, sentado éste en su escaso universo de la mesa de cobro de impuestos, asombra no sólo al recaudador sino a propios y ajenos. Se dirige a Leví sin ambages, prejuicios ni medias tintas y lo hace parte de su misma vida, apóstol y misionero de la mejor de las noticias que experimenta desde ese instante en su existencia. Por eso es capaz de dejarlo todo y seguirle. El encuentro con Cristo, cuando es pleno y sin reservas, transforma mentes, corazones y cuerpos, y Salvación tiene que ver mucho -muchísimo- con salud.

Y la respuesta es gratitud, alegría grande que se comparte en una mesa bien distinta. En esa mesa, por los imperativos sociales, está el Maestro comiendo con Leví y con otros que son como él, publicanos también, pecadores públicos de fama extendida.
Almas puntillosas esbozan murmullos de crítica y desaprobación, y son la queja misma del orgullo vulnerado y de la autosuficiencia que masca su enojo y su imposibilidad de reconocerse enfermos ellos, necesitados también de la salud integral que proviene del perdón.

Porque cuando descubrimos los reflejos de Leví corazón adentro de cada uno de nosotros, las ganas de agrandar la mesa no disminuyen. Estamos enfermos y quebrados, pero todo es posible por ese Cristo que pasa a nuestro lado, nos busca y nos llama.

Quiera Dios que signo de Cuaresma y conversión sea una mesa cada vez más amplia, en nosotros y en toda la Iglesia, en donde se convocan todos los que nos reconocemos falibles e impuros, pero benditos por la Gracia de Dios que es Paz, que es Bien, que es Salvación.

Paz y Bien


Ayuno y justicia













Para el día de hoy (16/02/18):  
 
Evangelio según San Mateo 9, 14-15






Durante muchísimo tiempo nos hemos aferrado a las prescripciones religiosas que indicaban ayuno, y desde allí, la abstinencia de comer carne los viernes y días de precepto. Pero ese cumplimiento estricto, desgraciadamente, está revestido de superficialidad.

Igualmente, hemos de detenernos por un momento en la cuestión del ayuno. Desde tiempo inmemorial, y prácticamente en todas las religiones, la práctica del ayuno es usual y normal, como devoción, como ejercicio para dominar cuerpo y mente, como pequeño sacrificio ofrecido a Dios como penitencia por los pecados cometidos. El mismo Jesús de Nazareth ayunó cuarenta días en el desierto, y el Bautista -siguiendo ciertas tradiciones- lo practicaba e impulsaba a sus propios discípulos a realizarlo.

Pero estamos en el tiempo nuevo, el tiempo de la Gracia, y es por ello que Jesús no les insiste demasiado a los suyos en este tema, lo que suscita la controversia con aquellos que venían del aprendizaje con Juan.
Porque la cuestión no estriba en privarse o nó de alimentos en el cumplimiento de normas prefijadas; el Espíritu del Señor vá muy por delante de todos nosotros, y la cruz derriba todo asomo de amor ritual, declamado pero no practicado.

Por eso nuestros ayunos deberían ser verdaderos sacrificios, sin pátina ominosa, es decir, en el sentido primigenio del término que es hacer sagrado lo que no lo es, santificarlo. Y si hay imposición, se desdibuja su horizonte eterno y se vuelve práctica usual y hasta rutinaria. Más aún, es de una crueldad inexpresable la exigencia del ayuno a quien languidece en su hambre.
Nuestros ayunos han de estar ofrecidos a Dios y vinculados directamente, por ello mismo, al hermano, al prójimo.

La abstinencia no es solamente evitar ingerir determinado tipo de alimentos o directamente no comer. La abstinencia es reconocer desde esa pequeña privación que compartirmos con los demás nuestra finitud y nuestra debilidad, que somos capaces de vaciarnos de lo superfluo para que nos habite la Gracia, y que con el auxilio de la asombrosa Providencia de Dios, desde ese pan que no comemos pueda llenarse el plato vacío de un hermano que sufre la penuria de la miseria, el olvido y la injusticia.

Ayunar así es justicia y es amor y es Reino que crece humilde entre nosotros.

Paz y Bien


Abnegación, vaciarse para que en nuestros horizontes vuelva a amanecer Dios












Para el día de hoy (15/02/18):  

Evangelio según San Lucas 9, 22-25








Los rostros de los discípulos, frente al anuncio de Jesús, seguramente merecerían una instantánea que prolongara en el tiempo su expresión de aturdido asombro y estupor. Sí, estupor, ese término del cual proviene la palabra estúpido, estupidez, estupefacto. Porque firmemente les declara que Él, Maestro y Señor, ha de ser condenado a muerte, y a una muerte reservada a los marginales y a los criminales más abyectos. Y como si no fuera suficiente, en un maremágnum de sufrimientos habría de ser rechazado por los ancianos, por los sumos sacerdotes y por los escribas, es decir, por los que fundamentaban y eran los custodios oficiales de la fé de Israel.

Nada de ello se condecía con lo que esperaban acerca del Mesías, y ellos tambalean entre el desconcierto y una tristeza en ciernes que se les viene agigantando, ominosa y muy cercana.

Y luego, la enseñanza del Maestro -naciente desde sus mismas entrañas- se extiende desde los Doce a todos los demás, entre los que estamos todos y cada uno de nosotros: si lo vamos a seguir, si nos reconocemos como discípulos y seguidores suyos, hemos de estar dispuestos a cargar la cruz cada día. Ello implica atreverse a anonadarse, a hacerse marginal, a ponerse al hombro todas las miserias para que, al menos, la carga de un hermano sea más ligera.
Se trata de una elección libre y consciente, no de un condicional previo. Se trata de la generosidad propia de las hermanas y hermanos de ese Cristo que será humillado y derrotado, pero que refulgirá victorioso para todos en la Resurrección. Se trata de ser ramas fragantes del mismo árbol de la vida.
Se trata de abnegación.

Abnegación es la ofrenda que se hace de la propia voluntad, de todo interés personal -hasta de los propios afectos-. Abnegación es vaciarse, para que en nuestros horizontes vuelva a amanecer Dios y no las cosas y la mundanidad, y por ese horizonte recuperado se vuelve posible la fraternidad. Porque los corazones se ensanchan y amplían para que haya lugar para el hermano.

Durante demasiado tiempo nos han formado y educado para el rictus severo y amargo, el sacrificio como dolor resignado. Nada de eso: la abnegación es la posibilidad de ser verdaderamente plenos, felices, porque corazón adentro se queda lo que verdaderamente cuenta y vale la pena.

Que esta Cuaresma esté ornada de humildes flores de serena alegría y esperanza, porque a pesar de tantas cruces la Resurrección nos amanecerá.

Paz y Bien

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