Padre incansable





Para el día de hoy (29/03/17):  

Evangelio según San Juan 5, 17-30



Ciertas lecturas lineales, sin profundidad, pierden lo verdaderamente importante y pasan por alto el sentido primordial. Esas linealidades suelen convertirse en agobiantes ortodoxias, pues en la literalidad se incuban los fundamentalismos. Tal es lo que les sucedía a esos hombres, que en su acotadísimo horizonte no tenían espacio para ninguna idea nueva, ni menos aún, lugar para el prójimo; hombres así reaccionan con violencia, y la muerte es una opción viable, pues se suponen defensores a ultranza de Dios, como si Dios necesitara defensa alguna.

Ellos seguían aferrados a la idea de que su Dios labora seis días y el séptimo -Shabbat- descansa, renegando de cualquier trascendencia simbólica. Jesús de Nazareth nunca se calla a la hora de decir verdades, verdades que conoce desde sus entrañas, tal es la identidad plena con su Dios.

Así, declara que su Dios, al que reconoce como su Padre, jamás descansa, es un Dios incansable procurando siempre el bien de todas sus hijas e hijos, acción creadora que es también acción redentora, salvación que se envía a los extraviados de manera gratuita, generosa, incondicional, abundante. No hay sábado alguno ni día de precepto excluyente a la hora de hacer el bien.
Pero lo principal, es que el Maestro se identifique tan absolutamente con Dios, al punto de reconocerle Padre.

Esa identidad es tal que Dios es Jesús y Jesús es Dios.

En ese Cristo obediente hasta la muerte, firme hasta la cruz, están depositadas nuestras esperanzas porque de Él es la creación y la justicia. Porque salvación y juicio acontecen aquí y ahora.

Como lo enseña el Apóstol de los gentiles, tengamos sus sentimientos. Nada se guarda para sí, ni siquiera su condición divina. Todo lo brinda, todo lo ofrece generoso como el pan compartido por millares.

Cristo es el Dios anonadado para que todos nos elevemos de este barro hacia los campos en donde la vida prevalece en amorosa eternidad.

Paz y Bien

Manantial de Cristo





Para el día de hoy (28/03/17):  

Evangelio según San Juan 5, 1-3a. 5-18



La escena nos sitúa en Jerusalem, en las cercanías del Templo, en una fiesta que no se detalla pero que parece tener su importancia para la nación judía. El lugar es la piscina de Betsata o Bethesda, que formaba parte de un sistema de cisternas que proveía miles de litros de agua necesarios para realizar las abluciones rituales y las purificaciones de precepto que se realizaban de continuo en el Templo. 
Betsata, que como nos señala el Evangelista se encontraba junto a la Puerta de las Ovejas, se utilizaba puntualmente para lavar todo el ganado ovino, ovejas y corderos, que serían sacrificados luego en el altar. En gran parte por esa causa, por la cercanía a lo sagrado, se le adjudicaba a las aguas de Betsata propiedades milagrosas y curativas, y así solían llevar allí a los enfermos en busca de salud.

Betsata estaba muy cerca del Templo y de las escalinatas en donde los rabinos impartían conocimientos de la Torah a sus discípulos, y por ello la escena es sobrecogedora: las inmediaciones de la piscina parecen un hospital de guerra, una sala de emergencias con sus enfermos tirados en el suelo, mientras que a unos pasos de allí -como si nada pasara- se enseña la Palabra de Dios.

La escena es demasiado habitual, el acostumbrarse al dolor sin misericordia, el razonar sufrimientos, el mirar para otro lado religiosamente, erudición teológica que parece haber desalojado la misericordia.

El agua de las tinajas de Caná, el agua del pozo de Jacob, el agua de Bethesda ya no sirven, devienen estériles, no sanan ni purifican, y las gentes languidecen sin solución.
Ese hombre estuvo treinta y ocho años tirado allí, sin auxilio. Treinta y ocho años era, en ese tiempo, la expectativa promedio de vida, por lo que ese hombre paralizado es la humanidad que transcurre su existencia postrada por el pecado y agobiada por la muerte. La Ley sólo alcanza a señalarle la culpa que se porta como un gravamen ineludible, pero no trae respuestas, sólo más cargas a las cruces impuestas.

Pero pasa el Señor, que ha venido a levantar a esta humanidad caída y doblegada en sus miserias, estos dolientes que somos por las miserias que nos aíslan.
Ya no es cosa de objetos o sitios, sino de una persona, la persona de Cristo del cual brota un manantial de agua vida, Gracia y misericordia, el perdón que nos restablece, el amor de Dios que nos re-crea y nos pone de pié, un Dios tan cercano como un Padre que se llega allí donde solemos plegarnos a esos dolores que nos parecen interminables. 
Sólo Cristo es eterno, sólo el amor es definitivo.

Paz y Bien

Confianza y milagros











Para el día de hoy (27/03/17):  

Evangelio según San Juan 4, 43-54



La sumisión a la opinión pública suele llevar al olvido de los principios, de los destinos y a renegar de toda ética. Es la opinión pública, en ese aspecto, un monstruo voraz.
Poco tiempo atrás, Jesús de Nazareth se había ido de su querencia rechazado con rabia por los suyos; hasta intentaron despeñarlo en un cerro cercano. Por las líneas anteriores, se podría presuponer que Él no regresaría a Galilea, notoriamente hostil y reactiva a cualquier novedad y enseñanza.

Pero el Maestro tiene una tenacidad asombrosa, y en los umbrales del Reino es precisamente en donde ha de abandonarse el no se puede.

En los ámbitos humanos, nunca nada es tan lineal, no exacto, ni predeterminado. Y tal vez, todos nos volvemos terriblemente parecidos en el dolor, desde el sufrimiento; allí es donde uno se despoja de los rótulos que diferencian y separan.
En el Evangelio para el día de hoy destaca la angustia de ese funcionario real frente a su hijo que está en las últimas, en Cafarnaúm.
Es un funcionario real, es decir, un burócrata de la estructura de poder del violento usurpador Herodes, ese tetrarca de Galilea que gbierna mediante el terror y una absoluta falta de escrúpulos, respaldado por el poderío de las legiones romanas. Pero aquí, ello podría tener relevancia para nosotros; para Cristo hay un doliente y hay un amor de padre desesperado.

Los milagros son profusos, abundantes, tan desbordantes como lo es el mismo amor de Dios. Pero es menester tener ojos capaces de ver, una mirada que pueda descubrirlos en la cotidianeidad. Porque suceden, y suceden en la insondable urdimbre de la Gracia de Dios y la fé del hombre.

Todo se resuelve allí.
En la fé expresada en confianza: confiamos en Alguien antes que en algo, en una idea, en un dogma.
En la obediencia, que no es hacer torpes venias a caprichos quen nos resultan extraños y ajenos. La obediencia es escuchar atentamente -ob audire- y actuar en consecuencia.

Allí suceden los verdaderos milagros, que son mucho más que hechos prodigiosos o espectaculares. 

Un milagro acontece cuando, a pesar de que broten señales de que todo está perdido, la vida prevalece.

Paz y Bien

La piscina de Siloé








Domingo 4° de Cuaresma

Para el día de hoy (26/03/17):  

Evangelio según San Juan 9, 1-41



La ceguera y varias afecciones oftalmológicas no eran infrecuentes en la Palestina del tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth: la arena movida por los vientos y el reflejo del sol fuerte contra las rocas lesionaba sin piedad las córneas. Quizás por eso es que hubiera muchos ciegos y disminuidos en su capacidad visual en toda Tierra Santa, y por ello los ciegos mendigando a la vera de los caminos, dependientes en todo de los demás, incapaces de ganarse el sustento, aislados de una realidad que no pueden percibir en plenitud.
Como si eso no fuera suficiente, un criterio religioso imperante suponía que toda dolencia era consecuencia directa del pecado, es decir, el castigo necesario por las faltas cometidas. Así, el enfermo debía añadir al peso de su dolencia el gravamen de una culpa presupuesta.

Los discípulos del Maestro no eran ajenos a esa mentalidad, y la escena es desoladora: están más preocupados en armar un collage teológico dentro de esa religiosidad retributiva que en socorrer y asistir al hombre ciego, dilapidándose en casuísticas sin destino y abandonando la compasión y la misericordia.
Esa actitud persiste, quizás de manera más evidente en el talante del por algo será, la justificación del dolor, los razonadores de miserias, los que exigen sacrificios a los pobres.
Pero ello también es indicativo de que los discípulos estaban aún muy distantes y ajenos a la asombrosa dinámica de la Gracia.

El gesto del Señor que combina saliva con tierra nos remite al instante de la creación, del hombre moldeado por la acción de Dios desde el barro primero, y por eso, sanación y Salvación implican también desde Cristo una nueva creación.
Eso es precisamente lo que el Maestro enseña; no se trata de horadar en culpabilidades, pues Abbá Padre no es un Dios severo y punitivo, sino un Padre que nos ama sin descanso. A pesar de todos los sufrimientos, en cada cruz se puede aguardar la resurrección, en toda dolencia hay una oportunidad de cambiar rumbos, de que se manifieste la Gloria de Dios, que es que el hombre viva y viva en plenitud. La noche se expande cuando cunde la resignación, cuando se bajan los brazos, cuando se abdican esperanzas

Aún así, Cristo envía al ciego a lavar sus ojos a la piscina de Siloé, cuyo significado literal es enviado. Ésta se había excavado en tiempos del rey Ezequías dentro de Jerusalem como una estratégica reserva de agua frente a las inclemencias climáticas pero mucho más frente a las posibilidades de asedio por las guerras frecuentes. La piscina, entonces, estaba relacionada con la vida y la supervivencia frente a la muerte, pero también poseía una crucial importancia tradicional y religiosa, de tal modo que sus aguas se utilizaban para libaciones, abluciones y purificaciones, especialmente en la Fiesta de los Tabernáculos. De ese modo, lavarse en la piscina de Siloé es afirmarse en la vida, quitarse las costras que nos impiden ver, atrevernos a sumergirnos en los ámbitos sagrados que son aquellos a los que nos conduce Cristo el Señor.

Porque para hacer el bien no hay que pedir permiso, y cada hecho de salud y salvación ha de ser para nosotros motivo de gozo y alabanza.

Paz y Bien





Dios se hace historia, tiempo, vecino


 







La Anunciación del Señor
 
Para el día de hoy (25/03/17):  

Evangelio según San Lucas 1, 26-38


La liturgia tiene un tempo propio, una cadencia espiritual para cada día del año. De ese modo, en el día de hoy esa armonía introspectiva y penitencial propia de la Cuaresma parece quebrarse con el grato memorial de la Anunciación del Señor, con su luminosidad, con su inmensa y trascendente sencillez exactamente nueve meses antes de la Navidad, quizás inaugurando en nuestros corazones la gestación de la Gracia.
Pero si lo contemplamos con mirada amplia, la Encaración de Dios es también una mansa irrupción de Dios en la historia humana desde la periferia, desde los bordes, allí desde donde nada se espera y estableciendo su alianza definitiva con la humanidad a través de una jovencísima mujer nazarena.

La escena es extraña.

Nazareth no está en la memoria de Israel, nunca se menciona en las Escrituras; es apenas un villorio polvoriento perdido en los mapas que, para colmo, se ubica en Galilea, la periferia siempre sospechosa de donde nada bueno puede esperarse.

Las escenas bíblicas de la presencia divina -o por medio de sus ángeles- siempre implican que el hombre que interviene se postre contra el suelo en señal de justa humildad, pues hay un abismo entre la inmensidad de Dios y la finitud humana.
Sin embargo, el Ángel del Señor que se llega a Nazareth y frente a esa mujer se comporta con un respeto inusual, como pidiendo permiso. La muchachita judía a la que visita se desconcierta pues ella es muy pequeña -no cuenta para casi nadie- y se inquieta frente a la eternidad de un Dios que se hace presente en su cotidianeidad.

Pero quien se estremece en verdad es el Mensajero, señal de un Dios enamorado de la humildad luminosa de esa muchacha, señal de un Dios enamorado de su creación.

Dios pone en la decisión de María el destino de la humanidad, lo más preciado que posee, su Hijo querido.
El cosmos depende de lo que Ella diga, y por ello su Si! es tan definitivo, tan grande en su conmovedora pequeñez que nada será igual, todo cambiará.

La vida cambia de rumbo hacia horizontes plenos cuando le decimos Sí a Dios, a pesar de lo que somos, aún cuando nos parezca que todo seguirá signado por nuestras miserias.

Por María de Nazareth, Dios se hace historia, tiempo, vecino, un Hijo queridísimo que se llega a estos arrabales nuestros, fecundando estos campos yertos desde el milagro del amor.

La Salvación es don y misterio, pero por María de Nazareth sabemos y conocemos confiados que Dios nos invita, nos convida, nos hace parte fundamental de sus sueños y sus proyectos, en la tenaz afirmación de la vida desde los pequeños y los pobres.

Paz y Bien


Puerta del Reino









Para el día de hoy (24/03/17):  

Evangelio según San Marcos 12, 28b-34




La postura del escriba que nos presenta el Evangelio para este día es infrecuente: inquiere al Maestro con respeto, con ansias de verdad y reconoce su autoridad.
Pero la pregunta que le hace es muy importante tanto en el  plano teológico-intelectual como en el de la piedad: la Ley mosaica preveía la estricta observancia de 613 preceptos, 248 de índole positiva y 365 de carácter negativo o prohibitivo. Sus implicaciones también son místicas, pues 248 refiere a la totalidad de los huesos del cuerpo humano y 365 a los días del año, es decir, la Ley engloba todos los aspectos de la vida.

Aún así, los rabinos y exégetas de su tiempo trataban de establecer, entre todos esos preceptos, la primacía fundamental de uno o dos de entre todos ellos que además explicaran a todos los demás. Pero las interpretaciones solían variar de acuerdo a la influencia de las distintas escuelas rabínicas.

El Maestro responde con exactitud, sin apartarse un ápice de las tradiciones y las Escrituras de su pueblo, teniendo presente el Shema Israel!: el único absoluto es Dios, y por eso el primer mandamiento es amar a Dios desde lo emocional, lo racional, lo corporal y lo espiritual, o sea, con toda la existencia. Ese amor es muy distinto a las percepciones actuales que se tiene del amor: en tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, amar significaba estar unido sin quebrantos, de manera indisoluble a Dios, mucho más allá de los sentimientos, un compromiso profundo que todo lo abarcaba.

Como anticipo de la cruz que representará el amor mayor, sin brechas un madero señala al cielo y el otro se extiende horizontalmente a los lados, como un abrazo a los hermanos. Por ello el amor a Dios es inseparable del amor al prójimo, y ese amor es mayor, más importante que todo el culto. Más aún, el culto primero es el amor que se expresa en compasión y misericordia.

El amor es la puerta del Reino. 
Cuaresma es volver a colocar en el centro de la existencia lo que verdaderamente cuenta, Dios y el hermano.

Paz y Bien

Pasó haciendo el bien








Para el día de hoy (23/03/17):  

Evangelio según San Lucas 11, 14-23



La palabra significa y expresa el corazón y la interioridad de la gente; es la posibilidad de ir al encuentro del otro, de no encerrarse, del diálogo, de crecer.
La carencia de esa palabra, la imposibilidad de hablar implica anonimato indeseado, soledad impuesta, encierro y opresión. Por ello mismo, devolver las palabras y la Palabra a los mudos de cualquier tiempo, a los acallados de toda la historia es cuestión urgentemente santa, signo certero de que el Reino acontece aquí y ahora.

Ello precisamente es lo que hacía Jesús de Nazareth: pasaba haciendo el bien sin esperas, sin vacilaciones y, especialmente, sin pedir permiso.
Sin dudas, esta actitud del Maestro -y de los que actúen por Él y con Él- es molesta, blasfema y subversiva para los poderosos y para las almas mezquinas y celosas. Así entonces todo argumento descalificatorio se justificará por sí mismo, y proliferarán difamaciones, condenas y rápidas excomuniones sin compasión.

Aún así y a pesar de que todo parezca señalar lo contrario, la fuerza de la Buena Noticia es irreductible porque encuentra su raíz en la gratuidad y en la misericordia ilimitadas de Abbá Padre de Jesús, hermano y Señor nuestro, y el bien ha de florecer en los lugares más impensados, en donde descolla la resignación y acampa la oscuridad.

Quizás la Cuaresma signifique curarnos de mutismos y cegueras.
 
De esa imposibilidad adquirida del decir, y del decir palabras que hagan el bien a aquel que la escuche, palabra que sea diálogo y encuentro.
 
De esa ceguera de no reconocer signos del Reino, es decir, de la vida y de Dios en cada acto de liberación, en cada gesto de bondad aún cuando ello signifique doblegar el orgullo y redescubrir que lo bueno puede germinar y crecer en jardines que creemos ajenos.

Porque esa ceguera pertinaz y ese mutismo consecuente que nos resultan tan tristementes habituales son dispersiones, desparramos de vida, desuniones y dispendios inútiles del milagro de estas vidas que se nos han confiado.

Paz y Bien

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