Madre fiel



Nuestra Señora de los Dolores

Para el día de hoy (15/09/15): 

Evangelio según San Juan 19, 25-27




Esa mujer nazarena, al pié de la cruz, sufre un dolor que no puede expresarse de modo alguno con certeza y precisión.

Hay un cierto ordenamiento natural que se quebranta cuando un hijo muere antes que sus progenitores; sin embargo, cuando esa razón se invierte, son dos los que mueren, el fallecido y con enorme hondura la madre, en vínculo sanguíneo, cordial, espiritual con ese hijo que se ha ido.

Esa mujer nazarena está sometida a algo mucho peor: el Hijo se le está muriendo ante sus ojos, consumido su cuerpo por terribles dolores y por la tortura que se le aplica con siniestra eficacia romana. Seguramente el golpe de la impotencia, de las manos atadas, del no poder hacer nada ni cambiar lugares la agobia, pero sigue en pié, firme, fiel.

Sigue en pié a pesar de que a ese Hijo que también es su Maestro y su Señor lo ejecutan como a un criminal abyecto, despreciable, un maldito para la rigurosa mentalidad religiosa de su tiempo.

La simple observación nos deja en las lágrimas, en esa Madre de los dolores, como si lo luctuoso tuviera que asimilarse en su amargura con carácter definitivo.

Pero hay más, siempre hay más, y la figura de la Madre Doliente nos remite e impulsa más allá del dolor y el sufrimiento. No hay lógica posible. Lo que prevalece es su fidelidad a ese Hijo hasta el final, de pié y firme, sin abandonarle jamás, fidelidad que tiene la misma raíz vocal que la fé, fidelidad que tiene el mismo origen santo de la fé.

Ella nos dice que a pesar del dolor más demoledor no hay que resignar jamás la esperanza. Anawin del Señor, en ese Gólgota plagado de tinieblas cerradas prevalece la luz de su esperanza que no es utopía, pues es la realidad del amor de un Dios que ha de prevalecer siempre sobre el horror y la muerte.

Esa mujer fiel no tiene casa propia. Su hogar, por esa fidelidad, será el hogar de los hijos que la reciban, y a esos hijos, hermanos del Cristo de su vientre santo y de su corazón inmaculado, les brindará su persistente firmeza, su obstinada ternura, su amor fidelísimo aún cuando todos ellos, todos nosotros, estemos agobiados por el llanto.

Que la Madre de Dios, Madre fiel, Madre nuestra, nos enseña a mirar la vida con sus ojos, y a tener un corazón inmenso y esperanzado como el de Ella.

Paz y Bien


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