En el tiempo final



Para el día de hoy (15/02/16): 

Evangelio según San Mateo 25, 31-46




Esta parábola del juicio final que nos brinda la lectura del Evangelio para este día es importantísima. Nos abre la mirada por entre los velos de la historia hacia su final, y a la sentencia definitiva que Dios tendrá para con la humanidad. Su meditación profunda y devota es crucial para asimilar y respirar la Buena Noticia de Cristo Jesús.

A través de los tiempos, se ha interpretado esta parábola con resultado dispar, y desde ópticas a menudo contrapuestas.
Están los que imaginan un momento solemnemente terrible, tribunalicio, la corte de un Dios severo y puntualmente punitivo, en aras de una justicia muy nuestra, muy retributiva. Dentro de esta variante, podemos encontrar a aquellos que por pertenencia u observancia se creen salvos de antemano, indemnes antes del juicio en detrimento de la gran masa de pecadores.
Pero están también aquellos que suponen un Dios laxo, un relativismo en el que nada sucederá, y que al fin y el cabo el pecado es producto de nuestras limitaciones y no de nuestra voluntad. Algo como que hagamos lo que hagamos, nada pasará.

Por supuesto, las diferentes posturas merecen hondos estudios y reflexión, mucho mejores que los que aquí se plantean. Sin embargo, lo que en verdad cuenta es lo que nos dice el Maestro. La Palabra de Dios es palabra de vida y palabra vida: Dios nos habla hoy.

En el momento solemne del fin de los tiempos, vuelve a expresarse la humildad, la ternura y el compromiso de Dios expresado en el portal de Belén. Dios se hace pobre, débil, frágil, identificándose hasta lo inverosímil con los más pobres y débiles. Se trata de un Dios amorosamente parcial, un Dios que jamás se desentiende de la historia humana, sino que se involucra en sus mismas raíces.

Así entonces, las puertas del cielo se abrirán por el amor de Dios y por la conjunción con la misericordia que hayamos sido capaces de encarnar, especialmente con los más pobres en donde resplandece el rostro de Dios. Socorrer el hambriento, al desnudo, al desamparado, aliviar al enfermo, rescatar al cautivo de la soledad y la prisión será la medida de toda nuestra existencia, la estatura del tallo que nos haya germinado corazón adentro desde la Gracia de Dios. 
Porque a Dios se le ofende o se le rinde culto sincero en el hermano.

El llamado a todas las naciones a congregarse alrededor del Cristo que regresa desarma cualquier especulación de elitismo o exclusividad, y se transforma en bendición universal.

A nosotros nos queda seguir esas huellas de misericordia que el mismo Cristo ha emprendido antes que nosotros, por delante nuestro. Y que esos gestos y esas acciones no son individuales, sino comunitariamente familiares, en donde la inteligencia no debe estar ausente.
Porque ha de llenarse el plato de comida del hambriento, pero no deben mezquinarse los esfuerzos para que nunca más falte el pan en ninguna mesa, que los pueblos encuentren los modos de encontrar el sustento, de desalojar la miseria, de que florezca la justicia. Y de que cada día, paso a paso, tendamos puentes y estemos un poco menos solos, aguardando el feliz regreso del Maestro.

Paz y Bien



0 comentarios:

Publicar un comentario

ir arriba